Buscar
  • República en Marcha

Reivindicar la ética pública para el buen servicio a los ciudadanos


Imagen Referencial

La complejidad de las sociedades sin duda es una inquietud que ha mantenido atento a muchos profesionales de las ciencias sociales y desde una perspectiva histórica, las teorías y planteamientos no han estado ausentes. Lo cierto es, que para efectos del ejercicio humano en la esfera de la administración pública -entendida esta como el brazo ejecutor de las acciones de un gobierno- debemos hilar bastante más fino. ¿Cómo concordar en principios básicos que generados a través de un amplio consenso sean los que guíen el accionar de la esfera pública?, entendiendo que cada persona que se sumerge en el desarrollo y contribución de lo público tiene determinadas reglas de acción, peor aún, si se critica que en la sociedad actual prima una individualidad que empuja a que las personas actúen de esta manera por sobre el bien general. En ese sentido, cobra vital importancia que quienes deciden de manera libre y voluntaria ser parte de lo público actúen guiados por ciertos patrones de comportamiento que hagan una distinción, considerando que el fin último es velar por que los intereses superiores primen por sobre cualquier individualidad. Ahora bien, no podemos hablar de manera abstracta de la existencia de una ética pública en las organizaciones del Estado sin considerar a sus miembros, quienes son los responsables de ser las luces para que esto se lleve a cabo. Lamentablemente, en la actualidad la ciudadanía se ve alejada de los asuntos públicos, donde la sensación de desconfianza y el ánimo de impunidad ha nublado el escaso espíritu cívico que en algún momento de la vida nacional reinó, lo cual se traduce en múltiples manifestaciones de rechazo y escasa participación en la cosa pública, lo cual tiene un factor en común; el mal comportamiento que algunos inescrupulosos han ejercido en el accionar de la administración del Estado. Por ello, por más que la literatura lo tengo contemplado, se hace urgente la necesidad de reivindicar la generación y fortalecimiento de la ética pública, entendida esta como “La ciencia del buen comportamiento en el servicio a la ciudadanía”. Para que lo anteriormente expuesto se lleve a cabo, es necesario que existan liderazgos éticos, de tal manera que actúen en pos de una responsabilidad, que es esa capacidad de responder adecuadamente a los requerimientos de la ciudadanía estando en los espacios de poder, además siendo el líder público un ejemplo para guiar a sus subordinados, quienes a través de la discusión y el consenso han de poner en práctica los principios de ética pública que en palabras de Ortega serían “comprender y observar como normas invariables de conducta, la supremacía del bien común, el respeto al orden social, sancionado por la ley y el cumplimiento inalterable de su rol de servidor público”. Sin duda que el rol que cumplen los servidores públicos en el establecimiento de un radar ético no solo es obligatorio, sino que debe ser un fiel reflejo de la calidad institucional que como país debemos tener, en ese sentido el cambio de mentalidad en la forma de brindar servicios del Estado debe estar guiado en servir al público, como lo señala el Premio Nobel de Economía Jean Tirole “los funcionarios, ya no deben estar al servicio del Estado, sino al servicio del ciudadano” y esto significa que quienes son agentes en la función pública deben siempre tener presente el bienestar general de la ciudadanía por sobre intereses sectarios o de índole personal.

Hoy la función pública requiere ser posicionada de manera sólida, logrando ser respetada y valorada por la ciudadanía, lo cual debe ser el fiel reflejo del servicio que los agentes públicos brindan, para esto, el Estado tiene que ser el principal promotor en salvaguardar la honorabilidad de sus instituciones a través de la incorporación de los diversos actores de la sociedad, dejando los anacrónicos paradigmas weberianos donde solo un grupo privilegiado era parte de la construcción de los mapas de ruta, y ahí el componente ético juega un rol fundamental, ya que viene a plasmar el sentir ciudadano para con sus instituciones públicas. La ética de las organizaciones públicas debe ser la construcción de grandes acuerdos expresados entre la ciudadanía y el Estado, plasmados por medio de consensos generales que tengan como misión recuperar el espíritu del bien común, en una sociedad que ha cambiado y que exige a las mismas entidades adaptarse a estos cambios.

Es impensado en la actualidad construir una ética de las organizaciones sin incorporar el elemento de la participación ciudadana. Ya hemos sido testigos como una elite de personas ha venido siendo la impulsora de ciertos parámetros éticos que en algunos y lamentables casos a través de las prácticas indebidas han provocado un daño a la institucionalidad en su conjunto. Es tiempo de recobrar el valor de lo público, más allá de un decálogo de buenas intenciones, sino de una acción concreta, más involucramiento ciudadano, mayor apertura del Estado y un real y efectivo control social sobre quienes deben velar por dignificar la cosa pública.


Por: Eduardo Leiva Zumelzu / Administrador Público, Licenciado en Ciencias Políticas, estudiante de Magíster en Política y Gobierno en Universidad de Concepción.

40 vistas

© 2020 Fundación República en Marcha | www.republicaenmarcha.cl | contacto@republicaenmarcha.cl

  • Facebook - círculo blanco
  • Twitter - círculo blanco
  • YouTube - círculo blanco