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Las escenografías de la comunicación virtual


Imagen Referencial

Tengo pocos argumentos para refutar la idea de que proyectar (o justificar) en estos instantes un eventual cambio de “era” para nuestro país, luego de esta pandemia, en un contexto donde aún realizamos el doloroso conteo diario de fallecidos por COVID-19; no es más que la mera expresión de un deseo que se funda en la voluntad de querer negar una realidad, que vemos cada vez más cercana y que nos golpeará muy fuerte. Pese a aquello, existe un hecho que a mi juicio va a estar muy presente en el anecdotario y la iconografía de los libros de historia de nuestros nietos. Específicamente en aquellos capítulos destinados a intentar explicar los brutales cambios en las formas de relacionarnos y comunicarnos que hemos experimentado durante estos últimos meses. En el cual, hemos entrado en un súbito y repentino proceso de adaptación social hacia la virtualización absoluta de nuestras relaciones laborales. “Veo cada vez más difícil la posibilidad de volver experimentar la presencialidad de una reunión de trabajo, pudiendo realizarla de forma más eficiente acompañada de un café en el calor del hogar, mediante una videollamada”.

En este nuevo escenario de comunicación virtual, sorpresivamente los libros han recuperado su sitial de importancia, emergiendo como un verdadero símbolo de jerarquía intelectual de quien está al otro lado de la pantalla. Esto gracias a que se han transformado en la escenografía preferida, a la hora de encender nuestra cámara para participar de reuniones virtuales, y webinars. Javier Galué, consultor y experto en coaching español sostiene que gran parte del tiempo de una videollamada lo pasamos contemplando el fondo (escenografía) de quien está del otro lado de nuestra pantalla. Incluso, el profesor, comunicador y poeta chileno Cristián Warken, ha sostenido en alguna de sus entrevistas que, gracias a este fenómeno, el libro ha recuperado su lugar en nuestras vidas. “Ser el mejor y más importante medio de difusión de conocimiento que ha creado el hombre en su historia”. En este contexto, y en tiempos de virtualización, paradójicamente el libro se ha transformado no solo en un medio de difusión, sino en un verdadero signo de estatus intelectual. Da lo mismo si los leíste; si tienes muchos libros en el estante que está a tu espalda, ¡probablemente serás quien tiene los mejores argumentos de la reunión!.

Más allá de lo gracioso que resulta ser este fenómeno, al menos realza lo que a mi juicio realmente nutre la esencia de la conciencia humana, que es la lectura de aquellos libros que amenazan tus principios y valores más profundos.

Si bien, el desarrollo de la tecnología, en especial de las redes sociales, ha viabilizado el acceso a una infinidad de textos y libros disponibles, incluso gratuitos (Ej. Proyecto Gutenberg [www.gutenberg.org]). Fenómenos como la “burbuja de filtros” acuñado por Eli Pariser en su libro (“The filter bubble”), nos ha introducido en una verdadera caja virtual delimitada por nuestro instinto emocional, que es capaz de crear para nosotros un entorno amigable con nuestro sistema de creencia y pensamientos ideológicos. Por desgracia, esto nos termina alejando de la desafiante experiencia de entrar en contacto con aquellos escritos que nos provocan la necesidad de construir mejores argumentos para mantener con vida nuestras propias creencias e ideales.

Otro problema que se percibe en la actualidad es la irreflexiva sobrevaloración de ciertos autores contemporáneos en desmedro de otros, que, siendo poseedores de ideas muchísimo más brillantes y certeras, han pasado al olvido por no estar presentes en este siglo para defender sus postulados. Un ejemplo de aquello es lo que ocurre con el historiador israelí Yuval Noah Harari y su mirada “materialista” sobre la evolución de las ciencias. Antes de proseguir, no puedo dejar de mencionar lo llamativo del fenómeno de Harari. Al mirar sus charlas TED por YouTube da la impresión de un iluminado dando un sermón en el templo, recibiendo la adoración del pueblo millenial/centennial. Francamente no conozco a algún millenial que no use de forma irreflexiva algún argumento derivado de sus libros para justificar alguna idea (me incluyo). Por este motivo, no puedo dejar de sentirme ad portas de una herejía digna de condenar en la hoguera, al insinuar que Harari puede no tener la razón. Bueno (volvamos). Él plantea que el avance de la ciencia a lo largo de la historia ha sido el resultado, no solo de la investigación en sí, sino de un entramado entre la búsqueda de poder y dinero (en pocas palabras). Sin embargo, cuando leemos al físico e historiador de las ciencias norteamericano Thomas Kuhn (fallecido en 1996), nos plantea que las evoluciones científicas son más bien el resultado de momentos de crisis que derivan de una especie de quiebre entre el nuevo conocimiento entrante y los paradigmas existente. Por muchísimas razones que no alcanzo a explicar aquí, esta idea es muchísimo más razonable que los argumentos de Harari sobre esta temática. Sin embargo, por desgracia cada vez son más quienes miran con sospecha la práctica científica a partir de los postulados de Harari.

La invitación de esta columna es a regalarnos el verdadero privilegio de leer aquellos libros con los que intentamos proyectar ese ethos de intelectualidad en las videollamadas, aproximándonos a aquellos autores y obras clásicas que han marcado un antes y un después en el desarrollo intelectual de nuestra sociedad. Ya mencioné a Thomas Kuhn y su libro “La estructura de las revoluciones científicas (1962)”; pero también podría recomendar a Dale Carnegie y su libro “Cómo ganar amigos e influir sobre las personas (1940)”; Bertrand Russel y su “historia de la filosofía occidental”; Jonathan Haidt y su obra maestra “La mente de los justos (2012)”; Jostein Gaarder y su hermoso libro “El mundo de Sofía”. Y, por su puesto, los clásicos de siempre, que, si nos da pereza leerlos, podemos aproximarnos mediante películas. (Por ejemplo, la hermosa película de Netflix “Mary Shelley” que relata la vida de la autora de la obra maestra Frankenstein o el moderno Prometeo (1818); entre muchas otras).

Ya sea mediante libros o sus películas, nunca debemos olvidar que, independiente si es por estatus o pasión, la búsqueda reflexiva y dialéctica del conocimiento es el único camino para acercarnos a esa verdad que puede conducirnos por el genuino camino de virtud.

Larga vida a los libros y su lectura!


Iván Rodríguez Núñez

Kinesiólogo, Doctor en Ciencias.

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