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La revuelta de la razón, parte III: El baile de los que sobran

Actualizado: jun 23



Los 90´ fue una década de cambios para nuestra sociedad. Además de los relacionados con el retorno a la democracia y el pujante progreso material, también emergieron nuevos paradigmas de carácter global.

Entre estos cambios destaca la aparición de la “Medicina Basada en Evidencia”. Que consiste en el empleo de la mejor evidencia científica disponible para las decisiones en salud. Por primera vez se vería amenazado el “juicio experto” por la introducción de un método de razonamiento basado en una heurística, no centrada en la figura de una autoridad médica, sino en la evidencia científica. Del mismo modo, en el ámbito universitario, conoceríamos el modelo de formación “Basado en Competencias”, que consideraría la enseñanza centrada en el estudiante y basada en fundamentos epistemológicos de base constructivista y cognoscitivista. Su aplicación práctica radica en la noción de que los saberes son generados (construidos) por el estudiante, por sí y ante sí, a partir de procesos de cognición y metacognición en los que interactúan sus circunstancias ambientales, culturales, etc. Siendo el profesor solo un guía en el proceso.

Si analizamos la realidad en perspectiva, ambos paradigmas comparten la noción de que la “verdad” sería el resultado de un proceso de razonamiento individual (médico o el estudiante), desplazando a un segundo plano la figura de un referente externo como fuente del saber.

Los fundamentos de estos paradigmas establecen principios y marcos conceptuales que se orientan razonablemente hacia el progreso de estas dos áreas (salud y educación). No obstante, su aplicación en la academia se encuentra inevitablemente condicionada por ciertos atributos y características de las sociedades. Por ejemplo, un alto nivel de madurez y abstracción cognitiva, conciencia racional y reflexiva, una moral definida, capital cultural, responsabilidad cívica republicana, entre otros.

Durante los últimos años hemos transitado hacia una sobre simplificación de estos paradigmas, aplicándolos irreflexivamente en casi todos los ámbitos del quehacer académico, relevándolos, incluso, a la categoría de dogma. Contribuyendo a lo que el Rector Carlos Peña menciona en su último libro “la infantilización del espacio público”. Si aplicamos esta idea al ámbito académico correspondería a la noción de que la sola subjetividad individual sería suficiente para determinar la certeza de una verdad creada por un estudiante o su colectivo. Sin atravesar el umbral de la duda razonable, que conduce a una verdad inteligible con base epistémica.

Este proceso de degeneración académica, hacia un constructivismo extremo, se ha venido acentuando brutalmente en los últimos años, fusionándose con aquellos elementos derivados del proceso de virtualización humana, que incluso han llevado a considerar al Smartphone como una “extensión del cerebro”, dando origen a una nueva especie de Ser, el “Cíborg”.

Por desgracia para nuestra sociedad y su intelectualidad, los grandes damnificados de este proceso han sido los académicos, hoy desplazados a la pista de baile para tan solo seguir el ritmo de una canción cuya programación emerge desde el mundo estudiantil. Olvidando, que el aprendizaje significativo requiere disciplina, método, dedicación, y una serie de otros elementos que no necesariamente surgen desde la construcción individual de un saber inmaduro, que además de pueril, puede no llegar a ser cierto. Hemos olvidado absolutamente la relevancia que tiene para el aprendizaje la figura del “Mentor”, que tiene el potencial de ir más allá de la información, influyendo sobre valores y principios inalienables como la libertad (de aprender y enseñar), el respeto, la tolerancia y la prudencia (filosofía práctica). Y que son solo accesibles a través de un dialogo entre alguien que ocupa el papel de aprendiz y otro que ocupa el papel de maestro, en una atmósfera de respeto y valoración recíproca.

Justamente en tiempos de incertidumbre, como este, se requiere de personas sin la certeza furiosa de un aprendiz, sino la autoridad de un maestro. Autoridad que no proviene de la violencia tras la imposición de una verdad revelada por la subjetividad emocional; sino de la virtud que da la sabiduría para formular las preguntas correctas que nos lleven a repensar todas las dimensiones que subyacen al progreso de nuestra sociedad, una vez que esta pandemia deje de ser una contingencia.

La invitación es a salir de la caja de resonancia para pasar a ser los emisores del sonido del universo académico.


Iván Rodríguez Núñez

Kinesiólogo, Doctor en Ciencias.

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