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La revuelta de la razón, parte II: Necesidad de re modernizar la atmósfera universitaria

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La columna anterior denominada “La revuelta de la razón: El estallido que sí necesitaremos” he intentado mostrar, desde una perspectiva general, la necesidad de una verdadera neo revolución que rompa la influencia totalitaria del dogmatismo ideológico imperante y que, a su vez, nos permita reconstruir el tejido moral de una sociedad intoxicada por la subjetividad. De esta forma, en las siguientes columnas, intentaremos analizar las distintas dimensiones que debería tener una genuina “revuelta de la razón”, para resituar al pensamiento racional en la primera línea de un movimiento social, centrado en el progreso y el desarrollo humano.

Las sociedades se fundan sobre la base de las ideas y narrativas predominantes, las que son cultivadas en aquellos espacios de genuina reflexión racional, libre y tolerante. Es así como desde la fundación de la primera Universidad moderna, Universidad de Bolonia en 1088, ha sido el mundo universitario donde se han consagrado estos espacios de reflexión y discusión de todas aquellas ideas que han marcado el progreso de la humanidad.

Pero ¿qué entendemos por progreso? En esencia, el progreso consiste en el descubrimiento de todo aquello que no conocemos. Para esto es necesario experimentar, confrontar ideas, romper barreras, paradigmas y dogmas, que muchas veces pueden cruzar el sensible umbral de la incomodidad, atravesando incluso el límite de la ofensa, ya sea, para una sociedad completa o un grupo identitario determinado. Debemos comprender que cuando reflexionamos en un marco epistémico fundado en métodos que permiten la aproximación a una verdad inteligible (como el método científico), la validez de aquellas conclusiones (garantizadas por la calidad del método) amortizarán ineluctablemente aquella supuesta percepción de violencia colateral causada por algún proceso de reflexión sobre temáticas posiblemente incómodas para una mayoría o minoría identitaria. La historia nos ilustra, por ejemplo, las teorías heliocéntricas de Galileo o las revolucionarias conclusiones de Charles Darwin, que quebraron paradigmas imperantes, violentando el sistema de creencia de todo un mundo cristiano; heridas que fueron, posteriormente, curadas por las lógicas del pensamiento racional moderno. Es decir, la ciencia y su método ha sido siempre el mejor antídoto contra la percepción de ofensa y/o violencia de quienes puedan legítimamente sentirse perjudicados por la construcción de paradigmas racionales que potencialmente puedan contradecir los sistemas de creencias de una realidad hegemónica fundada en un dogma.

En este contexto, el espacio universitario debería ser, por antonomasia, el crisol donde se fundan aquellas ideas que puedan tensionar los umbrales de los paradigmas predominantes, mediante el ejercicio del dialogo. Si analizamos el concepto “dialogo” (del latín “dialŏgus” que significa discurso racional o ciencia (logos) del discurso), nos situamos en un marco en el cual “el que dialoga” se coloca en disposición, no solo de escuchar, sino de comprender “los racionales” de aquellos argumentos diferentes a los de sí mismo, sometiéndose voluntariamente al “peligroso” riesgo de ser convencido por las ideas de un “legítimo otro”.

En los últimos años, el espacio universitario ha sido colonizado por una mirada hegemónica de la realidad, en la cual, se han reducido peligrosamente los espacios de libertad de expresión y cátedra, normalizando una atmosfera de maniqueísmo e intolerancia. Donde son considerados como herejes aquellos que pronuncian palabras malditas o se salen del marco normativo curricular, siendo juzgados por la denominada “comunidad universitaria” (de la cual yo también formo parte) que muy lejos de ser el crisol donde se deben amalgamar la diversidad de las ideas, nos hemos constituido en una especie de jueces de la moral académico/intelectual, atribuyéndonos el derecho a dictar una sentencia respecto a lo que se debe hacer o decir en las aulas, limitando el necesario fluir de aquellas ideas racionales que pongan en tensión nuestro juicio y provoquen nuestra necesidad de razonar. Por el contrario, estamos en tiempos donde los espacios de dialogo se han reducido al marco de lo “institucional” y, peor aún, al ámbito de lo “políticamente correcto”, descartando ex ante, aquellas ideas o formas de pensamiento que estén fuera del maco hegemónico predominante.

Los valores de libertad y tolerancia carecen de sentido en espacios donde se censuren la expresión libre de ideas y formas de catedra, que puedan tensionar los fundamentos morales de aquellos juicios hegemónicos de una comunidad. Por consiguiente, privar al espacio universitario de la posibilidad de un dialogo verdadero, aquel que conmina al “afectado o provocado” a formarse un argumento racional mucho mejor razonado y analizado, conlleva a la formación de personas dogmáticas, rígidas, intolerantes y esclavos de su propia ignorancia.

Debemos comprender que, ha sido justamente esta dialéctica virtuosa, la que ha determinado la evolución de las ciencias en todos los ámbitos del desarrollo humano moderno, y que, por desgracia, ha sido literalmente aplastada por ideas totalitarias fundadas en una pseudociencia que se orienta a la deconstrucción de la posibilidad de una verdad inteligible, susceptible de ser reflexionada y dialogada en un espacio de libertad y tolerancia, como el universitario.

Como diría Immanuel Kant, recuperemos el coraje de servirnos de nuestra propia razón.


Iván Rodríguez Núñez

Kinesiólogo, MSc., PhD

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