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La revuelta de la razón: El estallido que sí necesitaremos


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Desde Kant, y su revolución Copernicana, comprendemos la noción de que la realidad proviene de la integración del mundo sensible y nuestros conocimientos “a priori”, donde los umbrales de la percepción humana solo nos permiten observar una realidad subjetiva existente en un mero punto de un universo aleatorio inserto en un marco de realidad posible.

A partir de estas nociones, el ser humano ha desarrollado mecanismos racionales para aproximarse a una realidad inteligible, basada en la magnitud a partir de la cual, sus premisas son capaces de resistirse a la refutación empírica.

El convencimiento de una verdad inteligible y susceptible de ser descubierta, mediante métodos reproducibles, marcó el pensamiento moderno por al menos 3 siglos, determinando el progreso material y espiritual de nuestra civilización.

Sin embargo, el cambio de siglo reciente nos introdujo como sociedad en un túnel iluminado por la mera tenuidad de la emoción, característica de una era postmoderna cuyas premisas fácticas afloran desde la idea de deconstrucción de una lógica racional establecida, creando un tipo de realismo que emerge desde la mera subjetividad individual, desafiando, incluso, los umbrales de la lógica racional y el sentido común.

Si bien, este cambio de paradigma tiene alcances globales, en Chile durante las dos primeras décadas del siglo XXI, solo habíamos observado un mero movimiento de placas tectónicas imperceptibles a nuestros sentidos, pero sensible a las fuerzas que determinan los cambios “epocales” en el curso de la historia.

Probablemente la crisis de octubre 19´ es una buena muestra de aquello. Si analizamos los diagnósticos en las distintas esferas de opinión, podemos distinguir fácilmente que gran parte de las causas atribuidas a la crisis (por ejemplo, la desigualdad) corresponden a justificaciones “ex post”, pero no a factores que puedan explicar empíricamente “a priori” las reales causas del fenómeno. Es decir, rápidamente se asumió como verdad irrefutable ciertos diagnósticos que emanaron desde una mirada dogmática muy bien justificada. Nada más alejado de la lógica racional, mediante la cual, no asumimos como cierta una premisa, mientras no se resista a los repetidos intentos por descartarla.

De esta forma podemos suponer que la actual pandemia se encontró con una sociedad viviendo una verdadera lucha de carácter epistemológico, solo igualada por las tensiones de principios de siglo XX entre el clero y el mundo laico, que culminó en la constitución de 1925, que separó definitivamente la iglesia del Estado. A diferencia de aquella época, hoy el laicismo se enfrenta a un nuevo tipo de dogmatismo, el ideológico, que ha penetrado todas las dimensiones de nuestra sociedad, incluido el mundo académico.

Luego de esta crisis, nuestra sociedad necesitará de intelectuales dispuestos a impulsar una verdadera revolución de la razón, que tengan la entereza para iluminar el camino que nos conducirá a la recuperación de la prosperidad, el bienestar y los espacios de libertad de nuestra sociedad golpeada por esta pandemia y sus consecuencias. Es perentorio que comencemos a salir de la caverna de la emocionalidad y la subjetividad, para entrar en un estado de conciencia superior que nos permita desafiar la certeza de nuestros dogmas. De manera de estar dispuestos a adoptarlos como verdades, solo en la medida en que estos principios e ideales se resistan a la refutación empírica, aunque corramos el riesgo de desnaturalizar nuestros principios fundantes.

La verdadera revuelta que necesitamos es aquella que nace de la razón y que nos conmina a reencontrarnos con el mundo de las ideas, aquellas que toman como base principios universales determinados por la razón y la ciencia.

Iván Rodríguez Núñez

Kinesiólogo, MSc., PhD

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