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Desvalorización de la democracia: una luz de alerta



El resultado de la encuesta sobre formación ciudadana que acompañó a la prueba SIMCE, en relación a la valoración de la democracia, constituye una luz de alerta que hace imperativo reaccionar y ofrecer respuestas asertivas al deterioro ético de las instituciones y particularmente las instituciones democráticas.

Valentín Letelier, decía que “Las ideas se asemejan a las gotas de agua que caen desde el cielo, estas pueden rodar por los llanos, congelarse en la cordillera o perderse en el mar, pero río y cause de esas gotas de agua, son los Partidos Políticos, que limpian y fecundan el campo social” esto a comienzos del siglo XX, época convulsa, marcada por el deterioro de la Política en plena crisis del régimen parlamentario, reivindicando el valor de una democracia de partidos y el valor de estas instituciones democráticas a partir de su ethos y esencia de cause de corrientes de ideas, valores y principios comunes, capaces de dotar de coherencia la acción política de sus representantes.

El reencuentro de la ética con las instituciones públicas y privadas, que desempeñan un rol social relevante, requieren de marcos jurídicos que regulen su acción y la conduzcan y encausen hacia el bien común, para que vayan ejerciendo su rol social con mayor dignidad y vayan recuperando la confianza y credibilidad ciudadana, necesaria para su acción.

En relación a las instituciones políticas y democráticas, las dimensiones de la crisis son diversas y requieren de conciencia y una fuerte voluntad y compromiso, para que puedan volver a mirar a los ciudadanos e ir a su encuentro, pues no solo se trata de corregir malas prácticas, terminar con los abusos y regular los privilegios, o solo orientar su rol hacia el bien común, que debiera ser tan propio de su esencia, si no deben volver a encausar ideas a representar en el seno del Estado desde sus visiones identitarias y desde sus respectivos domicilios, sueños y anhelos colectivos para transformarlos en proyectos viables, convirtiéndose en corrientes fuertes, volviendo a ser un intermediario inteligente entre la ciudadanía y el Estado y poniendo en valor la democracia representativa, que resguarda a los países de la amenaza populista o de las decisiones emocionales, como por ejemplo el BREXT fruto de la democracia directa, lo que requiere ética desde la perspectiva del ethos y el reencuentro con la cultura de lo que se debe ser.

El Poder debe ser visto como un instrumento capaz de implementar políticas y como un medio para la realización de propuestas y programas, pero no como un botín o como un fin en sí mismo.

Mientras el rendimiento electoral para alcanzar ese poder sea un fin y un objetivo deleznable alejado de la ética y en su consecución justifique alianzas erráticas con vocación de mayorías tan diversas que terminan por anular las ideas propias y volverse incluso incapaces de ofrecer conducción y gobernabilidad a los proyectos que dicen representar incluso subyugando a las ideas. La democracia y sus instituciones no encontrarán tregua en la cuesta abajo del descrédito y su pérdida de valor.

La democracia y sus instituciones deben conducir su andar por la senda del reencuentro con la ética como hermana siamesa de la política y con inteligencia y audacia debe ir al encuentro de los tiempos para poder procesar decisiones colectivas que vuelvan a gozar de legitimidad y confianza por su compromiso con el bien común, por su calidad en base a indicadores en la consecución de objetivos definidos y en la responsabilidad republicana del realismo y la gradualidad en el impulso a una estrategia de desarrollo integral, inclusiva y sostenible, para evitar las exclusiones que amenacen su sentido fundamental que es amalgamar la nación como un gran proyecto colectivo.


Augusto Parra Ahumada

Presidente Fundación República en Marcha

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