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Algunas reflexiones para el desarrollo regional



El intenso debate en torno a fijar un monto adecuado para el presupuesto FNDR de la región, concita una alta cohesión en torno al común objetivo de alcanzar el máximo posible y transversalmente adquiere para la región las formas, contornos y hechuras de un tema de Estado que sobrepasa colores políticos. Sin embargo no resulta posible soslayar que este se traduce en un debate por decir lo menos estéril, a vía de consideración de lo arcaico que resulta el ritual de una procesión anual a la capital política, administrativa y único centro de Poder del país, en el marco de un Estado Unitario, casi sin elementos que moderen dicho carácter, para enfrentar polinomios y argumentos ininteligibles, para en definitiva ir avanzando en incrementos modestos que en ningún caso cobrarán relación con las necesidades del Bio Bío y que sin lugar a dudas seguirán alejados de los presupuestos que conocimos en el pasado reciente previo a la escisión de Ñuble.

Se trata solo de una proporción inferior al 8% del total del presupuesto de la región, este fondo creado en el año 1975, con la finalidad de reducir las brechas de desigualdad y propender a un mayor equilibrio territorial, sin embargo vale la pena en el marco del debate e implementación de una agenda de descentralización, que si bien tiende a priorizar intereses aparentemente de carácter político del legislador, enciende algunas luces de esperanza en torno a poder hacer transformaciones más profundas en materias financiera y fiscal, bien vale preguntarse si este fondo cumple los objetivos, para los que fue creado? ; Cuál es su función al día de hoy? ; Si este cobra vigencia? Y si sirve al estímulo al desarrollo regional?

Ante estas interrogantes uno puede afirmar primero, que Chile exhibe una alta ineficiencia en la asignación de recursos, para la reducción de la desigualdad y que si bien es cierto nuestro GINI registra avances significativos en las últimas décadas, habiendo logrado un 0,45 en el año 2017, el GINI registra movimientos solo de 0,04 después de impuestos y transferencias y que uno de los principales rostros de la desigualdad es un territorio profundamente fracturado en el plano social que da cuenta de la existencia de más de un solo Chile, con un sistema de rentas municipales que tiende a profundizar esas desigualdades con contrastes enormes, en que comunas como Providencia, Vitacura y las Condes registran presupuestos municipales per cápita de sobre 820 mil pesos y comunas de sobre 120 mil habitantes en regiones exhiben presupuestos per cápita de 140 mil y comunas rurales de menos de 10 mil habitantes en algunos casos per cápitas inferiores a los 90 mil pesos. Esta desigualdad descrita es aquella a la que apunta como objetivo el FNDR en su origen, sin embargo su asignación determinada por un sistema de inversión pública ineficiente, lo aleja dramáticamente de su objetivo, tendiendo a concentrar inversión en los asentamientos de mayor densidad poblacional, pues las capacidades técnicas en la iniciativa de inversión son disimiles y desfavorables a las comunas pequeñas, las que a su vez tampoco cuentan con las capacidades técnicas para dar respuesta a las observaciones a sus proyectos, para alcanzar la elegibilidad en tiempos coherentes con las urgencias sociales, propias de ese 47% de población rural alejada del agua potable a modo de ejemplo; a lo que demos agregar criterios de rentabilidad social que afirman la elegibilidad de aquellos proyectos que están dirigidos proporcionalmente a los montos de inversión al mayor número de beneficiarios.

Respecto a la promoción del desarrollo del territorio, vemos inversión que no cobra coherencia necesariamente con los objetivos y metas planteados en los instrumentos de planificación (EDR), el fondo es exiguo para proyectos de real envergadura y no está bien regulado en cuanto a su proyección para dar forma a convenios de programación en un marco de responsabilidad en que una gestión determinada no comprometa a gestiones posteriores.

En virtud de lo expuesto, es preciso invitar a sumar voluntades, para modernizar el sistema de inversión público, dotar de mayor fuerza a los instrumentos de planificación y observar adecuadamente la coherencia de la inversión y a concurrir en la búsqueda de presupuestos plurianuales, que permitan adquirir compromisos con conocimiento de los medios con los que se cuenta y poder planificar adecuadamente la inversión, recién ahí podemos comenzar a planificar el desarrollo.


Augusto Parra Ahumada

Presidente Fundación República en Marcha

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